martes, 22 de abril de 2014

Adiós. (Vainilla y humo 10)





Para algunas personas la mejor forma de decir adiós es haciendo que las odies.


Julio


Eric Campbell había conocido mucha gente en su vida. Podías revisar sus contactos de teléfono y encontrar nombres que te sorprenderían. Podía contarte historias, historias que la gente no creería si no fuese porque salían de los labios del vocalista de la banda de rock más reconocida del mundo.

Él conocía a la gente como la palma de su mano. Él sabia como tratar con las personas, pero fue solo entonces que Eric Campbell se dio cuenta de que algunas personas entran en tu vida por culpa del maldito destino y que simplemente están destinadas a estar ahí.

Ese día en el hospital, después de haber encontrado su cama vacía, había vuelto a su apartamento.

Al pensar en ello ahora, casi se ríe de cómo no se pudo dar cuenta antes.

¿De verdad creía que Alaska Decany se había ido sin algún tipo de adiós?

Él encontró ese “adiós” arrastrado bajo la puerta de su apartamento, al entrar. Se sorprendió de no haberlo pisado, pero ahí estaba, en medio del suelo de madera, como si ella lo hubiese empujado descuidadamente por la rendija bajo la puerta.

Se agachó para recogerlo, regalándose a si mismo una pequeña sonrisa apretada mientras negaba con la cabeza mirando el regalo que denotaba la débil presencia de la chica.

Un simple CD, eso era todo.

Un CD escrito por encima con sharpie negro, garabateado como si se tratase de una especie de pedazo de papel que cayó de la libreta. ¿De que otra manera podría ella haber echo las paces? ¿De que otra manera podría decirle que lo sentía por irse y que él no debía buscarla?

Porque una jodida llamada de teléfono o una carta en su buzón era simplemente demasiado mainstream para ella, ¿no?

Él tenia memorizada cada una de las palabras.

Cada línea, a pesar de que le había tomado un tiempo leer sus ilegibles garabatos de rotulador negro contra la parte superior del CD. 
Y él finalmente lo había entendido todo.



Soy malaaa y hay que esperar al siguiente capitulo para saber que ponía en el CD.












I'd love to be a diva.
But then I'd have to send 
so many apology notes
for my abhorrent behavior.


Annie.


miércoles, 16 de abril de 2014

Vacía. (Vainilla y humo 9)




Incluso los más pequeños cambios en nuestra rutina pueden crear un efecto dominó que amplíe nuestra visión de lo que es posible.


Julio



Después de haber abandonado el hospital aquella tarde, él se negó a ir a casa. En su lugar, se fue al bar.

El mismo maldito bar en el que había estado todas las noches, sentado con la misma chica, esa que tenia una sonrisa hermosa y unos ojos iridiscentes y sus palabras y su música y… ella simplemente le hacía feliz.

Y, de repente, él ya había pasado las cuatro cervezas y se había dado cuenta que no sabia como ser feliz nunca más.

Así que en lugar de permanecer allí, consumiéndose en el bar, se encontró a si mismo en frente del hospital a las tres de la tarde.

Hizo caso omiso a las voces inquietas de las enfermeras o de los médicos que le gritaban que no corriese, que eso era un hospital, pero él no escuchó y siguió corriendo hasta que su cuerpo lleno de alcohol se sintió sudado y cansado. Recorrió los pasillos en busca de la habitación de ella.

¿Qué iba a decirle cuando la encontrara? ¿Quizás que lo sentía? Bueno, él aun no lo había decidido, todo lo que sabía era que necesitaba verla. La necesitaba.

Y él encontró la habitación y rodeó la esquina. Pero cuando se detuvo jadeando y resoplando y recuperó el aliento, sus ojos temblorosos se centraron en las mantas perfectamente dobladas y la cama vacía que Alaska Decany había estado ocupando unas horas antes.

“¿Señor?”

Apenas se dio cuenta de cómo la enfermera le puso una mano suavemente sobre el hombro. Él giró sobre sus talones, con la boca abierta y los ojos desorbitados.

“¿Dónde está?” Se atragantó con sus propias palabras. La mujer le regaló una sonrisa forzada, arqueando las cejas levemente.

“Le han dado el alta hace unas horas.”

domingo, 6 de abril de 2014

Piezas. (Vainilla y humo 8)




No hay ningún lugar en el que estés que no este destinado a tu presencia.

Julio



Él recuerda el día como si fuse ayer, con una nostalgia que le hierve la sangre y le entumece los dedos.

Ella había estado en su casa todas las noches. A veces compartían besos pero otras veces compartían secretos. Secretos a piezas que solo ahora podía juntar para entender los motivos detrás de sus acciones.

Él apenas podía recordar el motivo por el que habían discutido. ¿Había sido sobre ella? No era capaz de recordarlo y una parte de él se dio cuenta de que era porque no quería hacerlo. No quería pensar en la tristeza en sus gélidos ojos azules o en la forma en la que sus cejas se habían fruncido al gritarle.

Fue por un chico, él sabia eso. Habían ido al bar una noche y ella había querido irse a casa con un tío con el pelo rapado y pendientes.

Eric estaba borracho y le había gritado porque no quería que se fuese con ese chico, quería que se fuese con él. Él quería abrazarla y besarla y cuando ella le negó eso, él le dijo cosas que ella no había escuchado antes.


“Eres una maldita egoísta, Alaska.”

“¿No puedes hacer nada bien, Alaska?”

“Te mereces a alguien mejor que él, Alaska.”


Pero lo que Eric sabía era que ella merecía algo mejor que él.

No quería recordar como de frio había sido o en la sinceridad tras sus palabras. Él creyó que había sido la primera vez que alguien había tratado de poner a la descuidada chica en su lugar.

No quería recordar como había palpitado fuerte su corazón contra sus costillas al entrar en ese baño para encontrar a esa chica tendida sobre el amarillento suelo de baldosas.

Calmantes, pensó en algún lugar en el fondo de su cabeza. Era bastante coincidencia, en realidad.

Él era la razón por la que había tomado calmantes.













Time is a circus.
Always packing up and moving away.


Annie.



sábado, 5 de abril de 2014

Una parte de mi.

La música siempre ha estado presente en mi vida y, hasta donde yo puedo ver, siempre lo estará.

Suelo tener tendencia por la música en ingles, quizás porque siento que es más difícil que los demás entiendan o simplemente porque me parece mas bello.

Suelo escribir mis letras favoritas en la libreta, en los libros de texto... donde sea, en realidad.

Cada una de las canciones que considero mis favoritas (la mayoría de ellas están en la playlist que puedes escuchar si subes el volumen) han entrado en mi corazón y se han hecho un huequecito en él.

Han entrado para quedarse.

A veces tienen tanta fuerza que son más yo que yo misma.

Simplemente lo sé.

Son una parte de mi.

Así que aquí están algunos de esos momentos en los que la música me viene a la mente y no puedo escucharla.

De alguna manera el papel absorbe la música que mis oídos no pueden.



Give me love - Ed Sheeran

Give me love - Ed Sheeran

Human - Gabrielle Aplin

I dreamed a dream - Les Miserables

Kiss me - Ed Sheeran

Lego house - Ed Sheeran

Mean - Taylor Swift

Miles - Christina Perri

Red - Taylor Swift

Ronan - Taylor Swift

Shape of love - Passenger

Starlight - Taylor Swift

Treacherous - Taylor Swift

UNI - Ed Sheeran


 


<< It is cruel, you know, that music should be so beautiful. It has the beauty of loneliness of pain: of strength and freedom. The beauty of disappointment and never-satisfied love. The cruel beauty of nature and everlasting beauty of monotony. >>
Benjamin Britten 




People are losing the capacity
to listen to words
or follow ideas.


Annie.


miércoles, 2 de abril de 2014

Amsterdam.



"Muchos turistas piensan que Amsterdam es la ciudad del pecado, pero la verdad es que es la ciudad de la libertad. Y en la libertad, la mayoría encuetra el pecado."
John Green, The Fault In Our Stars


Lo único útil que estaba haciendo el viento en aquel momento era remover las aguas de los canales. Porque sin duda, en todo lo demás la estaba fastidiando. Su cabello, liso planchado por la mañana, no era más que una maraña de nudos a esa hora de la tarde; y su falda de flores, muy mona pero demasiado corta para esa época del año, la hacía mantener las manos agarradas a su tela vaporosa.

Si la cosa seguía así solo tendría dos opciones: o coger el catarro del siglo o empezar a gritar de frustración.

Siguió andando por la calle principal sintiéndose sola y perdida en medio de un montón de gente. No era novedad, solía ocurrirle a menudo y podría decirse que se había acostumbrado a sentir ese vacío en el corazón.

Ningún problema, se repitió una vez más. Caminó un poco más deprisa que la gente alrededor, solo para asegurarse de que aún era ella y que no se había derretido y mezclado con los demás.
Y también, por supuesto, para buscar un lugar con menos viento.

Uno de los callejones que como flechas transitables se clavaban a la calle principal, fue finalmente el elegido para gozar de su presencia. Y en ese momento se sintió más hormiga que nunca. Solía sentirse de esa manera pues, al vivir en una gran ciudad, todo lo que la gente hacía era trabajar para mantener al colectivo con vida. Pero ese sentimiento nunca lo había notado tan presente en su piel. Y más estando alejada del bullicio central. Decidió empezar a no darle importancia ordenando su cabello usando sus dedos como cepillo.

Nunca había sido la señorita perfecta – para gran desgracia de su madre - pero no le gustaba parecer un desorden con patas.

Fijó sus ojos chocolate almendrado en un banco. Nada especial, simplemente uno de aquellos de madera que puedes encontrar en todas las calles. Sus piernas empezaron a flaquear y corrió hacia el asiento. Dio gracias porque no hubiese nadie alrededor pues al dirigirse hacia allí como alma que lleva el diablo, la falda se le había subido entera. Ahora ya no le parecía tan buena idea como por la mañana.
Una vez sentada, la chica apoyó la espalda en el respaldo del banco.

Y así, sin más, se dio cuenta de en que calle estaba.

Huidenstraat.

No era precisamente una calle tranquila normalmente pero ese día podría haberse confundido con cualquier callejón de un barrio aleatorio en la ciudad. Por un momento, una tímida sonrisa sin remedio se dibujó en su cara cual boceto. El destino, por una vez, estaba de su lado. Ya había tardado demasiado.

Aquella mañana había salido de su casa cerca de la plaza Dam como si un ejército la buscase para llevarla al campamento militar. Nunca le había gustado su casa. Si, era bonita, la típica casa un poco inclinada holandesa. Nada del otro mundo en realidad aunque para todos los turistas eran hermosas para ella era simplemente un lugar donde dormir. Con diez millones de mantas por encima por supuesto. La calefacción no funcionaba – ventajas de vivir en una casa antigua – y lo único que la salvaba era el echo de que sus padres tuviesen una tienda de mantas y edredones. Sino, probablemente, ella ya estaría congelada al lado de Walt Disney.

Había salido de casa a toda prisa. No para acudir a una cita en concreto, no. Simplemente para escapar de la maldita rutina que le quemaba los huesos. Y contando con que la primavera holandesa no era precisamente calurosa, eso era decir mucho.

Se había perdido entre las calles que cruzaban los canales. Puede que hubiese pasado por todos mínimo dos veces y, desde su punto de vista, eran pocas. Y, finalmente, sus Keds de topitos la habían llevado a su zona favorita: las 9 straatjes. Una serie de nueve calles con pequeñas tiendecitas y cafés.

Respiró recuperando el poco aliento que se le había resbalado del interior al correr a sentarse y volvió a sostenerse sobre sus pies. Esa era su calle favorita de las nueve con diferencia. Estaba ese lugar.

Pompadour. Un café pastelería al que acudía desde que pisó por primera vez esas calles al lado de los canales.

Un fuerte olor a chocolate y limón le llenó las fosas nasales al abrir la puerta transparente. El interior seguía prácticamente intacto. Tenía un estilo antiguo pero se veía nuevo. Desde su punto de vista, era como una obra de arte. No debía ser cambiada, solo restaurada.

Subió las pequeñas escaleritas que proporcionaban una ligera separación de la tienda con la sala de té. Tomó asiento en una mesa del rincón y disimuladamente observó al resto de personas en el lugar.

En una mesa situada muy cerca de la suya había un señor mayor que leía concetrado el periódico, frunciendo el ceño cada tanto. Sin esfuerzo pudo notar un fuerte olor a tabaco, ese que solo desprenden los fumadores de toda la vida. En silencio rezó para que no tuviese cáncer de pulmón.

Justo en medio de la sala había un grupo de amigas maduras, de unos cuarenta y pocos. Hablaban en holandés acerca de la universidad por lo que supuso que se trataba de un reencuentro. Deseó poder hacer lo mismo cuando llegase el momento de ponerse a recordar con alegría tiempos pasados.

Y finalmente, en la otra esquina de la tienda, había una chica de su edad aproximadamente. Era especial. No porque pudiese leer su mente o escuchar la música que salía de sus auriculares violetas. Sino por su cabello repleto de flores, por la forma en la que apoyaba la mano en la mesa y jugueteaba con unas migas que el trapo de la camarera había olvidado. Sonrió.

Esa chica era como ella.

La puerta se abrió lenta y silenciosamente. Tanto que solo ella pareció oírla. Ni el abuelo, ni las ex universitarias, ni siquiera la muchacha de cabello floreado. Solo ella, la sombra en la esquina derecha. Un chico se asomó por ella, parecía que no quería ser visto.

Demasiado tarde.

Los ojos grises de él se pasearon por toda la tienda. Primero posándose sobre la chica de las migas de pan y luego sobre ella misma. Al ver su expresión nerviosa y el pequeño ramo de margaritas en su mano, ella entendió todo.

Con una sonrisa le dio fuerza al chico, que había quedado mirándola como si pidiese un salvavidas.

La has encontrado, ve a por ella.

Él le devolvió el gesto, agradecido silenciosamente por la muda ayuda de ella y subió los cuatro escaloncitos que separaban la tienda de la salita de té. Al sentarse en la esquina derecha, los ojos de la chica, que antes estaban distraídos con las migas del pan, se iluminaron como fuegos artificiales al verlo.

Y ella se levantó del asiento, sin haber pedido nada, para marcharse por donde había venido. Satisfecha de haber ayudado en la pequeña chispita de felicidad que iba creciendo hasta convertirse en hoguera en ese café de Huidenstraat.

Solo tuvo que caminar un poco para llegar al canal Herengracht. Se apoyó en la barandilla, esquivando bicicletas y dándose cuenta de que ese era su destino.

Ella era la pequeña sombra del rincón, la que soñaba historias y ayudaba a hacerlas realidad. Desde fuera las escribía cual escritor.

Y, como un escritor, nunca entraba en ellas.


Being in love
And not loved back
Is like lying on grass
And feeling needles.


Annie.