miércoles, 2 de abril de 2014

Amsterdam.



"Muchos turistas piensan que Amsterdam es la ciudad del pecado, pero la verdad es que es la ciudad de la libertad. Y en la libertad, la mayoría encuetra el pecado."
John Green, The Fault In Our Stars


Lo único útil que estaba haciendo el viento en aquel momento era remover las aguas de los canales. Porque sin duda, en todo lo demás la estaba fastidiando. Su cabello, liso planchado por la mañana, no era más que una maraña de nudos a esa hora de la tarde; y su falda de flores, muy mona pero demasiado corta para esa época del año, la hacía mantener las manos agarradas a su tela vaporosa.

Si la cosa seguía así solo tendría dos opciones: o coger el catarro del siglo o empezar a gritar de frustración.

Siguió andando por la calle principal sintiéndose sola y perdida en medio de un montón de gente. No era novedad, solía ocurrirle a menudo y podría decirse que se había acostumbrado a sentir ese vacío en el corazón.

Ningún problema, se repitió una vez más. Caminó un poco más deprisa que la gente alrededor, solo para asegurarse de que aún era ella y que no se había derretido y mezclado con los demás.
Y también, por supuesto, para buscar un lugar con menos viento.

Uno de los callejones que como flechas transitables se clavaban a la calle principal, fue finalmente el elegido para gozar de su presencia. Y en ese momento se sintió más hormiga que nunca. Solía sentirse de esa manera pues, al vivir en una gran ciudad, todo lo que la gente hacía era trabajar para mantener al colectivo con vida. Pero ese sentimiento nunca lo había notado tan presente en su piel. Y más estando alejada del bullicio central. Decidió empezar a no darle importancia ordenando su cabello usando sus dedos como cepillo.

Nunca había sido la señorita perfecta – para gran desgracia de su madre - pero no le gustaba parecer un desorden con patas.

Fijó sus ojos chocolate almendrado en un banco. Nada especial, simplemente uno de aquellos de madera que puedes encontrar en todas las calles. Sus piernas empezaron a flaquear y corrió hacia el asiento. Dio gracias porque no hubiese nadie alrededor pues al dirigirse hacia allí como alma que lleva el diablo, la falda se le había subido entera. Ahora ya no le parecía tan buena idea como por la mañana.
Una vez sentada, la chica apoyó la espalda en el respaldo del banco.

Y así, sin más, se dio cuenta de en que calle estaba.

Huidenstraat.

No era precisamente una calle tranquila normalmente pero ese día podría haberse confundido con cualquier callejón de un barrio aleatorio en la ciudad. Por un momento, una tímida sonrisa sin remedio se dibujó en su cara cual boceto. El destino, por una vez, estaba de su lado. Ya había tardado demasiado.

Aquella mañana había salido de su casa cerca de la plaza Dam como si un ejército la buscase para llevarla al campamento militar. Nunca le había gustado su casa. Si, era bonita, la típica casa un poco inclinada holandesa. Nada del otro mundo en realidad aunque para todos los turistas eran hermosas para ella era simplemente un lugar donde dormir. Con diez millones de mantas por encima por supuesto. La calefacción no funcionaba – ventajas de vivir en una casa antigua – y lo único que la salvaba era el echo de que sus padres tuviesen una tienda de mantas y edredones. Sino, probablemente, ella ya estaría congelada al lado de Walt Disney.

Había salido de casa a toda prisa. No para acudir a una cita en concreto, no. Simplemente para escapar de la maldita rutina que le quemaba los huesos. Y contando con que la primavera holandesa no era precisamente calurosa, eso era decir mucho.

Se había perdido entre las calles que cruzaban los canales. Puede que hubiese pasado por todos mínimo dos veces y, desde su punto de vista, eran pocas. Y, finalmente, sus Keds de topitos la habían llevado a su zona favorita: las 9 straatjes. Una serie de nueve calles con pequeñas tiendecitas y cafés.

Respiró recuperando el poco aliento que se le había resbalado del interior al correr a sentarse y volvió a sostenerse sobre sus pies. Esa era su calle favorita de las nueve con diferencia. Estaba ese lugar.

Pompadour. Un café pastelería al que acudía desde que pisó por primera vez esas calles al lado de los canales.

Un fuerte olor a chocolate y limón le llenó las fosas nasales al abrir la puerta transparente. El interior seguía prácticamente intacto. Tenía un estilo antiguo pero se veía nuevo. Desde su punto de vista, era como una obra de arte. No debía ser cambiada, solo restaurada.

Subió las pequeñas escaleritas que proporcionaban una ligera separación de la tienda con la sala de té. Tomó asiento en una mesa del rincón y disimuladamente observó al resto de personas en el lugar.

En una mesa situada muy cerca de la suya había un señor mayor que leía concetrado el periódico, frunciendo el ceño cada tanto. Sin esfuerzo pudo notar un fuerte olor a tabaco, ese que solo desprenden los fumadores de toda la vida. En silencio rezó para que no tuviese cáncer de pulmón.

Justo en medio de la sala había un grupo de amigas maduras, de unos cuarenta y pocos. Hablaban en holandés acerca de la universidad por lo que supuso que se trataba de un reencuentro. Deseó poder hacer lo mismo cuando llegase el momento de ponerse a recordar con alegría tiempos pasados.

Y finalmente, en la otra esquina de la tienda, había una chica de su edad aproximadamente. Era especial. No porque pudiese leer su mente o escuchar la música que salía de sus auriculares violetas. Sino por su cabello repleto de flores, por la forma en la que apoyaba la mano en la mesa y jugueteaba con unas migas que el trapo de la camarera había olvidado. Sonrió.

Esa chica era como ella.

La puerta se abrió lenta y silenciosamente. Tanto que solo ella pareció oírla. Ni el abuelo, ni las ex universitarias, ni siquiera la muchacha de cabello floreado. Solo ella, la sombra en la esquina derecha. Un chico se asomó por ella, parecía que no quería ser visto.

Demasiado tarde.

Los ojos grises de él se pasearon por toda la tienda. Primero posándose sobre la chica de las migas de pan y luego sobre ella misma. Al ver su expresión nerviosa y el pequeño ramo de margaritas en su mano, ella entendió todo.

Con una sonrisa le dio fuerza al chico, que había quedado mirándola como si pidiese un salvavidas.

La has encontrado, ve a por ella.

Él le devolvió el gesto, agradecido silenciosamente por la muda ayuda de ella y subió los cuatro escaloncitos que separaban la tienda de la salita de té. Al sentarse en la esquina derecha, los ojos de la chica, que antes estaban distraídos con las migas del pan, se iluminaron como fuegos artificiales al verlo.

Y ella se levantó del asiento, sin haber pedido nada, para marcharse por donde había venido. Satisfecha de haber ayudado en la pequeña chispita de felicidad que iba creciendo hasta convertirse en hoguera en ese café de Huidenstraat.

Solo tuvo que caminar un poco para llegar al canal Herengracht. Se apoyó en la barandilla, esquivando bicicletas y dándose cuenta de que ese era su destino.

Ella era la pequeña sombra del rincón, la que soñaba historias y ayudaba a hacerlas realidad. Desde fuera las escribía cual escritor.

Y, como un escritor, nunca entraba en ellas.


Being in love
And not loved back
Is like lying on grass
And feeling needles.


Annie.